3 octubre, 2017 Casa Contada

Por qué contar historias: la urgencia de lo importante

De todas las tiras cómicas de Mafalda, hay una que vuelve a mi mente cada cierto tiempo: es aquella donde la genial niña argentina se encuentra con unos obreros que realizan obras en el subsuelo. Entusiasmada, les pregunta si están buscando “las raíces de lo nacional”, pero ellos responden que no, que se trata de un escape de gas. Mafalda continúa su camino decepcionada y piensa: “Como siempre, lo urgente no deja tiempo para lo importante”.

No será nunca fácil responderse para qué vinimos al mundo: qué es lo importante. Toda posible respuesta es en sí una enormidad: conocer, aprender, disfrutar, crecer, pensar, vivir, amar. No sé si sea posible ponerse de acuerdo, pero sí creo que es posible determinar para qué no vinimos: seguro que no a sobrevivir, simplemente a aguantar. 

Y sin embargo, eso es lo urgente: sobrevivir. No es posible realizar nada de lo anterior -de lo importante -, o al menos es mucho más difícil, si se tiene hambre, o frío, o se está enfermo, o se está, en fin, incómodo.

Desde siempre, los humanos hemos dado especial prioridad – y con toda lógica – a  nuestras labores urgentes. Cultivar, cosechar, cazar. Buscar y construir refugios. Crear objetos que faciliten lo anterior: vasijas, cuchillos, mazos, antorchas. El lamentable sino de nuestra especie es la infinitud de nuestras necesidades. Quizás, en algún momento de nuestra evolución  podríamos habernos conformado con lo esencial, con el refugio preciso, el alimento necesario, el abrigo y un regular cuidado de la salud. Una vez cubiertas las necesidades urgentes, tendríamos mucho más  tiempo para lo importante. Pero eso no va con nuestra especie. De modo que fabricamos, y seguimos fabricando, y no vamos a dejar nunca de hacerlo, mejores refugios y mejores abrigos, mejores vasijas y mejores antorchas, mejores herramientas, alimentos más duraderos y sobre todo más abundantes – no importa si nos alimentan o no -, y así criamos más animales para matar más animales, y ya desde los últimos años fabricamos muchas más cosas que duran cada vez menos y entonces las botamos al mar: la producción ya es un disparate.

Hemos querido llegar más lejos, pero sólo hemos inventado más urgencias, y cada vez hay menos tiempo para lo importante.

No es extraño entonces que la división trabajadora quede conformada  fundamentalmente por sectores productivos, que hace mucho rato que no se dedican a saciar la urgencia sino sobre todo a crear urgencias. Y así es como hace 30 años nadie tenía un teléfono móvil, y así es como hoy debemos regresar a nuestras casas si nos damos cuenta de que se nos ha quedado el mismo objeto que hace 30 años nadie necesitaba porque no existía.

¿Qué otras urgencias nos tendrán preparadas los creadores de urgencias?

Cada ser humano dedica algo menos de  8 horas a dormir y algo más de 8 horas a trabajar. Las restantes 8 horas del día se nos van en lo urgente: trasladarse, solucionar problemas, alimentarse. Sin duda queda algo de tiempo para amar, pero cada vez a personas más específicas del núcleo más próximo. A los adultos no les queda tiempo para jugar – y lo peor es que con la absurda cantidad de tareas que envían los colegios a los niños, tampoco a ellos -, pero siempre encontramos la forma de distraernos, generalmente durante el fin de semana, en encuentros sociales (donde, no hace falta decirlo, sorprende la utilización desenfrenada de las redes sociales virtuales que creamos, paradójicamente, para estar más conectados).

Como sea, todavía nos queda algo de tiempo diario para vivir y no sólo sobrevivir. Son las breves horas – acaso minutos – donde podemos encontrar la experiencia vital de lo importante. Y sin embargo, la experiencia vital queda coja cuando no se reflexiona sobre ella. Sin duda estamos en constante aprendizaje, pero no es fácil reconocer en qué consistió aquello, ni por tanto aprehenderlo, si no nos detenemos a reflexionar.

¿Pero en qué momento?

Hay una necesidad latente, invisible y casi inconsciente de verter nuestro aprendizaje vital en alguna parte, ya sea hacia los demás o en un diario de vida o donde sea. Esta tuvo mejores días, sin duda. Había más conversación cuando había menos tecnología. A mi juicio, esta necesidad de compartir las reflexiones que realizamos explica algunos fenómenos como las largas conversaciones “para arreglar el mundo” que nos surgen cuando hemos bebido algunas copas y lo urgente pierde urgencia. Por eso, supongo, los “curados” hablan tanto: hemos encontrado de pronto un espacio para comunicarnos. Lamentablemente, muchas veces no recordamos bien en qué consistió esa comunicación, o lo hacemos trabados, sin demasiada coherencia. Pero es un espacio de reflexión, de todos modos.

Esto puede explicar también el fenómeno de las redes sociales, especialmente Twitter y Facebook, donde, mal que mal, podemos expresar nuestras ideas. Es un medio para hacerlo, y lo utilizamos. No se deja de extrañar por ello la conversación cara a cara, la mirada, toda la expresión no verbal, pero al menos tenemos donde verter la experiencia acumulada. No sabemos quién leerá lo que posteamos, no sabemos a quién le importará y rara vez conocemos qué impresiones pudo obtener de ello alguna persona, pero al menos nos hemos desahogado.

Hay un sector de la sociedad – un porcentaje pequeño, casi ínfimo – que ha elegido o podido elegir la reflexión como su trabajo, ese de ocho horas diarias promedio. Mientras la mayor parte de los hombres y mujeres deben cultivar, cosechar, cazar, construir, diseñar, fabricar, sanar, cuidar, cocinar y programar, hay algunos a quienes hemos entregado tácitamente la labor de pensar el mundo. La división de roles ha permitido la existencia de este sector, puesto que el “pensador” – llamémosle así – se beneficia del trabajo de los demás, el cual le permite dedicar su tiempo a aquello para lo cual se ha formado. Es evidente que la sociedad no los ha elegido, pero de alguna u otra forma podríamos pensar que el pensador está en deuda con aquel que cultiva, fabrica o programa, pues el primero se beneficia del trabajo de los otros, y casi nunca los otros del suyo. No me refiero en concreto a quienes piensan o analizan el mundo y la sociedad en pos de políticas públicas que mejoren la vida de los otros, donde dicha reflexión desemboca en un fin práctico que supone mejorar las condiciones de lo urgente. Estoy pensando en quienes recogen la experiencia humana, la mastican y la plasman en palabras, sin otro fin que aportar a la comprensión del mundo y a la razón por la que aquí estamos. Filósofos, historiadores y escritores serían un buen ejemplo de este segmento, cuyas reflexiones y pensamientos deberían permitir que el mundo avance hacia lo importante y lo profundo.

No son los únicos, claro. También quien trabaja cultivando dedicará largas horas a reflexionar sobre el mundo, de forma inevitable. Sobre todo, imagino que ocurre en tareas de trabajo manual, donde la conexión virtual es escasa o nula por innecesaria, de modo que la mente puede divagar tranquila mientras se lijan los muebles, se martilla un techo o se recogen naranjas. Por eso la sabiduría popular viene fundamentalmente de los campos, y es ahí también, en el mundo rural, donde estas reflexiones tienen mayores posibilidades de ser compartidas gracias a los espacios de encuentro y a la menor utilización de la tecnología. Sin embargo, la televisión ha ido disminuyendo estos espacios, e incluso en los campos – ya no digamos la ciudad – es posible encontrarse con la escena más lamentable y triste que nos ofrece nuestro diario vivir: la televisión encendida durante almuerzos y cenas, último bastión del encuentro entre las personas; la televisión encendida en restoranes donde la gente va a pasar un rato en familia.

Aun cuando la experiencia vital, el pensamiento y reflexión del mundo tengan espacios de convivencia e intercambio, no es fácil que dicho saber acumulado llegue a, por ejemplo, los habitantes de la ciudad. No hay interés – o creemos que no lo hay – por las historias campesinas de nuestra tradición. En las escuelas y colegios el aprendizaje está vinculado fuertemente a lo práctico y a lo urgente, y pocas veces a lo importante. Las horas lectivas de filosofía e historia se reducen cada vez más. La lectura, pese a todos los esfuerzos de diversos sectores, no se convierte en algo esencial para los seres humanos. ¿Cómo compartimos la experiencia vital de los seres humanos a los seres humanos?

Se me ocurre esta imagen: un gran recipiente, gigantesco, donde la experiencia y la sabiduría del mundo, forjada por cada ser humano durante su vida, se va acumulando. Es un recipiente infinito, repleto hasta el borde de esa materia que llamaremos la experiencia humana. En cada conversación que verse sobre lo importante, podríamos pensar que se ha tomado una hebra de esa materia y se ha compartido. Incluso en cada publicación en redes sociales – no sobre un paseo a la playa, sino alguna reflexión, que las hay a montones – sería como tomar una hebra de nuestra experiencia y compartirla. El resto, irá al depósito mundial.

Para avanzar como humanidad en lo importante, deberíamos tener en cuenta este recipiente gigantesco, cada vez más cubierto de polvo, cada vez más rebalsado pese a su infinitud. Los “pensadores”, que así les llamamos, serían los encargados de visitar lo más que puedan el depósito de la experiencia, para analizarla y comunicarla. Sin embargo, dichos pensadores utilizan lenguajes lejanos, y casi siempre sus interesantes reflexiones quedan para los pensadores de la vereda de enfrente. ¿Cuál es el porcentaje de la población que puede resumir, por ejemplo, qué planteó en su obra Heidegger? ¿Quién puede decirlo sobre los pensamientos de Aristóteles, incluso de algunos más difundidos como Platón? ¿Nos sirve de algo los conocimientos básicos de Historia, toda vez que seguimos repitiendo los mismos errores? ¿O no están bien comunicados? De los siete mil millones de seres humanos: ¿cuántos han leído a Tolstoi, o a García Márquez, o incluso a Shakespeare?

¿Cuánta sabiduría hay en ese depósito imposible que no vamos a recoger jamás?

Y todavía más simple: ¿qué sabe un hijo de la experiencia vital de su padre, de su madre, de sus abuelos, si durante los almuerzos y las cenas la televisión está encendida y los espacios de conversación pierden su último bastión de resistencia?

La misión de los pensadores es pensar el mundo, pero creo que no han tomado en serio lo importante: difundir ese pensamiento. Veo un único ejemplo concreto de divulgación de reflexión de lo importante, divulgación constante, metódica y periódica, para todos los sectores y no sólo para los privilegiados estudiantes: me refiero a los religiosos, que cada fin de semana ponen en común lo que han reflexionado en torno a la Teología – y los mejores, escuchan también y dan la posibilidad de compartir lo que la gente que asiste ha reflexionado -.

Pero es un ámbito demasiado específico de la experiencia vital, y no alcanza a sustentar, en modo alguno, toda la necesidad de compartir experiencias.

Entonces pienso que la lectura no es la forma: no puede ser la forma, toda vez que no todo el mundo sabe leer, y sobre todo, a muy pocas personas les gusta leer. No, la lectura no puede ser la forma: estamos dando palos de ciego. Lo digo con mucha tristeza, pues nada hay en el mundo que me alimente tanto como la lectura. Pero no puedo esperar que a todo el mundo le pase lo mismo. Aprender a leer es una experiencia traumática, puesto que esa habilidad o capacidad no viene con nosotros desde nuestro nacimiento. Sí viene con nosotros, en cambio, el placer por escuchar historias.

He reflexionado largamente sobre por qué cuento cuentos y por qué formo contadores de historias, y por qué he ido dejando paulatinamente la escritura en pos de la oralidad, siendo que, honestamente, disfruto más lo primero. Creo que tiene que ver con esto, con ese depósito de sabiduría donde no va nadie, con ese triste polvo que dificulta encontrar aquel recipiente gigantesco. Al contar un cuento, podemos transmitir esa experiencia a través de la oralidad, que no se aprende como sí se aprende a leer, para la que no hace falta nada más que uno que quiera contar y otro que quiera escuchar. Y digo “contar un cuento” en el modo más amplio imaginable: en toda casa, en toda escuela, en la conversación cotidiana, en la comensalidad diaria, contar lo que hemos leído, los libros que otros no quieren o no pueden leer, contar la tradición y la memoria, narrar la historia, las luchas y los fracasos, relatar la vida.

Porque contar un cuento es como quitarle el polvo a la experiencia humana. Contar un cuento es acercar el mundo al mundo. Es hacerse cargo de lo que otros – o uno mismo – ha vivido, pensado y reflexionado, experiencia que debe compartirse por la sencilla razón de que no es urgente, sino importante. Y lo que nos hará libres no será lo urgente, sino lo importante. Y lo que nos permita decir que hemos venido a este mundo a vivir, y no a sobrevivir, no será lo urgente, sino lo importante. Y la oralidad no se hace cargo de lo urgente. Porque la oralidad es inútil. Porque la oralidad habla para todos, y habla solamente de lo importante.

A. M.

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