octubre 9, 2017 Casacon

Apuntes para la narración oral de leyendas en el siglo XXI

 

“La imaginación humana no ha inventado nada que no sea verdad, en este mundo o en los otros”

Gerard de Nerval

 

Desde niño, siempre me han gustado – y atemorizado – los seres mitológicos, las leyendas urbanas, las viejas historias de aparecidos. Pero cuando las escuchaba, solía tener dos reacciones totalmente disímiles: o me interesaban mucho, al punto de sentir escalofríos y de no querer que se acabara nunca la historia, o no me interesaban para nada. ¿Por qué? Mi condición de narrador oral y de público habitual de funciones de cuentos me ha dado la respuesta. Pretendo compartir aquí los ingredientes que, a mi juicio, debe tener la narración oral de una leyenda para generar interés en el público, en pleno siglo XXI.

 

 

Si dividiéramos en dos a los tipos de público a los que se puede enfrentar un narrador, diría que por un lado están los que tienen ganas de escuchar cuentos, y por el otro los que no. De forma general, podríamos decir que el público infantil siempre quiere escuchar cuentos y que el público adolescente nunca quiere escucharlos. Respecto a los adultos, será muy distinto narrar a un público que ha pagado una entrada para ir a escuchar historias a otro que se encontró con la actividad de sorpresa. Aunque en ambos escenarios la narración puede ser un éxito, es innegable que cuando el público no quiere escuchar cuentos nos encontramos frente a un desafío inmensamente mayor que cuando sí quiere hacerlo.

En la escena que me dispongo a narrar, los que escuchaban formaban parte del segundo grupo. Y yo era parte de él: de los que no querían escuchar historias.

Contextualizo: el año pasado participé junto a mi esposa y colega Nicole Castillo (con quien formo la Compañía La Matrioska, de Santiago de Chile) en el Festival Palabra Mía, que organiza Claudio Ledesma en Buenos Aires. Aprovechando el viaje de los narradores extranjeros, el Palabra Mía se coordina con otros festivales de Argentina. En nuestro caso, luego de estar una semana en Buenos Aires, fuimos al Festival “Chaco, te doy mi palabra”, de la provincia de Chaco, y al “Tutú Marambá”, de la provincia de Misiones, en el noreste argentino. En estos tres festivales (que se realizaron de forma continuada, entre septiembre y octubre de 2016), los narradores fuimos los mismos, aunque tanto en Chaco como en Misiones se sumaron un par de cuenteros más. La convivencia fue de lo mejor, pero era evidente que a medida que pasaban los días y las semanas nos íbamos interesando un poco menos por los cuentos de los otros y que el cansancio se empezaba a notar.

Hacia el final de la travesía, vivimos una aventura extraordinaria llamada “La ruta del cuento”. En el marco del Tutú Marambá, nos subieron a todos los narradores a un mini-bus para recorrer durante cuatro días el interior de Misiones, visitando pequeños pueblos que se levantaban en medio de la selva misionera, esa misma que había cautivado – y enloquecido – a Horacio Quiroga. Cada día realizábamos tres o cuatro funciones, viajando varias horas entre un pueblo y otro, visitando incluso comunidades guaraníes que poco y nada hablaban de español. El poder de las historias, sin embargo, nos permitía comunicarnos de todos modos: se trataba de grupos que sí querían escuchar.

Requería de este preámbulo para poder llegar a la escena que me interesa. En uno de esos pueblos del interior de Misiones, ya casi llegando a la triple frontera entre Paraguay, Argentina y Brasil, nos tocó alojar en una casa vieja y antigua, inserta en un paraje selvático, húmedo y sin casas vecinas. En un segundo piso largo y de madera, había una veintena de camas, una al lado de la otra como en un instituto antiguo. Sería nuestro rústico hotel por una noche. Nos reímos al darnos cuenta de que tendríamos que cambiarnos de ropa apurados, mientras nadie nos miraba. Pero eso no sería problema – ya teníamos confianza -. Sí era un problema, en cambio, el hecho de que el baño se encontrara varios metros afuera de la casa, por lo que si a alguien le daban ganas de ir en la madrugada, debería bajar la escalera, salir de la casa y caminar en la oscuridad de la selva para satisfacer sus urgentes necesidades.

Aunque cansados por el largo día de viaje y de cuentos, decidimos compartir unas cervezas bajo la noche. Recuerdo que no hablábamos mucho: con algunos de los narradores llevábamos tres semanas viéndonos todos los días, desde el festival en Buenos Aires, escuchándonos unos a otros los cuentos en las funciones. No sería exagerado decir que cada día escuchábamos unos 20 cuentos, algunos dos veces en el mismo día, y la verdad es que de pronto el silencio de la noche misionera parecía más atractivo que escuchar cualquier cosa.

No puedo hablar por los demás, pero sí por mí: yo era absolutamente parte del tipo de público número 2. No quería escuchar ni una historia más por un buen par de semanas. Y creo que los demás estaban igual que yo.

Entonces ocurrió lo que, hasta el día de hoy, me parece un milagro. Uno sencillo, sí, pero milagro al fin. No recuerdo muy bien cómo, pero sucedió. Creo que fue la periodista que nos acompañó en la Ruta del Cuento la que comenzó a preguntar por otros festivales y cosas así. Esto motivó a Osvaldo y Daniel (“Teatro La Palabra”, de Cuba) a contar de sus experiencias en México, el país en el que más han trabajado. Y como no se puede hablar de México sin referirse a la muerte, a la catrina, a la Llorona y a todos sus cementerios, el tema se fue yendo por allá. Nosotros mismos habíamos estado en México tres meses antes y compartíamos nuestras experiencias. La conversación se animaba. Pero entonces ocurrió lo imposible: Osvaldo contó una historia. Si él hubiera dicho: “les voy a contar un cuento”, si hubiera pedido silencio y conjurado un “Había una vez”, un “Dicen los que cuentos cuentan” o cualquier otra fórmula que me hubiera asegurado que se venía una historia, juro que me habría ido a dormir.

Pero no dijo eso.

Simplemente contó, naturalmente, con su voz de conversador y no con su voz de narrador, que una vez, en Zacatecas, les había tocado alojar en una casa parecida a la que estábamos ahora: un antiguo hotel. A una de las narradoras del festival le ocurrió que, estando en el baño, sintió un leve roce en la mano. Estaba sola, la puerta estaba cerrada, así que concluyó rápidamente que debía haber pasado a llevar una toalla. No se preocupó más del tema, y pronto se reunió con sus colegas. En la alegría de los reencuentros y la proximidad de las primeras funciones, pidió que le tomaran una foto en el balcón del hotel, junto a otros cuenteros. Nada extraño hasta ahí. Pero cuando quien tomó la fotografía desde abajo hacia el balcón revisó si había salido bien, se fijó que, al lado de la narradora, apoyándose en la baranda del balcón, se distinguía una pequeña mano que sin duda correspondía a esa sombra que se veía atrás: la silueta inconfundible de una niña fantasma. El fotógrafo fue corriendo a buscar a los anfitriones para contarles lo que había visto en la foto. Estos se vieron obligados a contar la historia de la niña que se había caído por el balcón hace muchos años. Desde entonces, más de un huésped había jurado sentirla o presentirla en medio de la noche. La cámara fotográfica había logrado lo que los ojos humanos no eran capaces de hacer: verla.

El milagro al que me refiero no es esta historia en sí. Muchas veces escuchamos leyendas urbanas de este tipo, e incluso es muy probable que nosotros mismos hayamos tenido alguna experiencia así. No, el milagro no era lo que logró la cámara fotográfica allá en Zacatecas: el milagro se estaba produciendo a miles de kilómetros de distancia, en Misiones: eran nuestras caras, los expresivos rostros de los narradores que no querían escuchar más cuentos, rogando – con los ojos, con la mirada – que el contador de historias no se detuviera.

Este relato dio lugar a muchos otros más, todos sobre casos y sucedidos de las distintas ciudades y países de donde proveníamos. De modo que los narradores que no querían escuchar más historias, se entretuvieron hasta altas horas de la madrugada escuchándose, una vez más, unos a otros, sentados en círculo, bajo la oscura y calurosa noche de la selva misionera, oyendo de vez en cuando algún ruido lejano, un aullido, un cacareo, un arrastrarse sobre el pasto, que les generaba una risa nerviosa y un ligero escalofrío.

Éramos todos adultos, estábamos cansados, no queríamos más cuentos. Éramos un mal público para quien quisiera contar historias, porque no teníamos ganas de escuchar. ¿Por qué el relato de Osvaldo tuvo éxito y activó una ola de relatos de leyendas que nos mantuvo entretenidos y asustados durante varias horas más?

*

Primer apunte: El indirecto camino para narrar una leyenda

Si la historia que contó Osvaldo se hubiera narrado en el formato clásico de narración de leyendas, posiblemente habríamos escuchado algo así:

“Cuentan que en Zacatecas se construyó hace años un hotel. Por sus pasillos cruzaron personajes importantes y otros viajeros desconocidos que, pillados por la noche o la lluvia en mitad del camino, debieron pernoctar una noche en Zacatecas antes de proseguir su viaje hacia el norte mexicano. El hotel tenía un bonito balcón donde los viajeros podían fumar un cigarrillo y admirar el paisaje. Sin embargo, quiso la mala fortuna que una pequeña niña se acercara demasiado al balcón y se apoyara en él. Las viejas maderas cedieron y la niña cayó, falleciendo en cuanto se estrelló contra el piso. Su familia estaba desconsolada, pero ya nada se podía hacer. Desde entonces, personal del hotel y diversos huéspedes aseguran haber oído el llanto de una niña a medianoche, o incluso, haber sentido que algo desconocido e invisible les tomaba la mano, como invitándoles a jugar”.

 

De haber sido narrado así – evidenciando desde el principio que iba a contar una historia -, dudo mucho que nos hubiéramos interesado en el relato de Osvaldo. Recordemos que éramos un público sin muchas ganas de escuchar. Es casi imposible que siquiera se hubiera propiciado el contexto de silencio para que Osvaldo comenzara a narrar. Pero el formato de conversación sí lo logró, y dentro de él, nos fue narrada la leyenda. El camino por el que el narrador nos llevó a la leyenda no fue directo, sino indirecto.

Cada vez que narro leyendas a adolescentes, tengo presente que ellos no quieren escuchar cuentos, al menos en principio. Por lo tanto, comenzar a narrarles con un “Había una vez”, “Dicen que”, “Esta es la historia de…”, o “Les voy a contar sobre…” no tiene sentido. Cuando el público no quiere escuchar historias, debo narrar sin decir que voy a narrar. ¿Y cómo se logra eso? Con toda la naturalidad del mundo: como si fuéramos conversadores. Todavía más si se trata de una leyenda, que puede ser poco creíble o francamente inverosímil. Ya sabemos que los niños y los jóvenes de hoy son menos ingenuos y más impacientes, y que no podemos aburrirlos ni predisponerlos a algo que les parezca aburrido, soso o dirigido a otro público etario. La leyenda comienza, pero ellos no se pueden dar cuenta. Por eso, la primera persona y el formato de conversación son la clave para entrar. Tal como hizo, seguramente de forma inconsciente, Osvaldo aquella noche: “ah, hablando de festivales, me acordé que una vez estábamos en México, en Zacatecas, ¿te acuerdas, Daniel? Creo que fue el 2010. Me parece que sí. Bueno, el caso es que nos tocó ir a dormir a un hotel antiguo que…”

La conversación nos lleva a la historia y la hace real. La aleja de toda impostación, nos hace olvidarnos de que ese tipo no se ha subido al escenario para conversarnos sino para narrarnos algo. Pero cuando lo recordemos, ya será tarde: estaremos dentro de la historia.

El único que sabe que ese camino (indirecto, más largo, con subidas y bajadas) lleva a una leyenda, es el narrador. Los demás serán engañados, pero una vez dentro ya no querrán salir del lugar al que los han llevado.

Segundo apunte: La relación del narrador con la leyenda.

Probablemente sería una mala idea comenzar una función para adolescentes de esta forma:

“Buenos días. Les voy a contar una leyenda. Dicen que en Zacatecas hay un hotel donde una vez se cayó una niña de un balcón…”

Me estremece más imaginar sus rostros aburridos que la historia misma. No digamos nada de las leyendas no urbanas, que parecen todavía más inocentes: “Dicen que en Chiloé llega cada siete años un barco fantasma, llamado Caleuche, a llevarse a las mujeres jóvenes de la isla…”

Apuesto lo que sea a que ningún narrador, por excelente que sea su trabajo, lograría entusiasmar a un público que no quería escuchar cuentos comenzando de esta forma.

Mi experiencia me indica que un adolescente – por poner como ejemplo al público difícil – se interesará mucho más por una historia de este tipo narrada en primera persona, ya sea como un narrador protagonista o testigo. En el caso del relato de Osvaldo, se trataba de un narrador testigo, pero presente en casi toda la acción. No me cuenta algo que cree que pasó o que dicen que pasó: él estaba ahí. No importa, en absoluto, si es verdad o mentira: siempre será verdad si el que escucha lo puede creer y visualizar. Mi disposición a escuchar una leyenda o mito urbano será muy distinta si me cuentan algo que “dicen” que pasa, a algo que “pasó”. ¿Cuál es la garantía de que pasó? Pues que a mí me ocurrió; yo estaba ahí; me lo contó alguien muy cercano y en quien confío plenamente.

Tercer apunte: La leyenda se actualiza.

Al narrar una leyenda, el público juzgará en su mente cuánto le interesa lo que pase o no pase en la historia según cuánto pueda afectarle en su vida. Por tanto, a un niño chileno le será mucho menos interesante una leyenda austriaca que una chilena, pues la primera, por intrigante que parezca, está muy lejos y es poco probable que llegue a afectarle. Esto explica el éxito que suele tener el narrar una leyenda sobre el lugar en el que se está en ese momento (piénsese en la clásica escena de los niños de campamento, en torno a una fogata, narrando historias de ese lugar).

Lo mismo ocurre con el tiempo en que lo narrado puede ocurrir. Por eso, será muy importante saber ocupar la conjugación verbal correcta. Si ocupo el pretérito imperfecto estaré dando por hecho que esto “ocurría” pero ya no ocurre más. Es lo que pasa con una famosa leyenda urbana de Santiago de Chile: la rubia de Kennedy.

La Avenida Kennedy es una autopista que atraviesa el sector oriente de la ciudad, una de las primeras que se construyeron en Santiago y en la cual se podía ir a más de 80 k/ph. En 1979, diversos automovilistas aseguraron haber llevado a “dedo” (autostop) a una atractiva mujer rubia en dicha avenida. Sin embargo, a los pocos kilómetros (y luego de pedir que por favor fueran más lento), la mujer se desvanecía en el asiento de atrás, desapareciendo completamente. Las declaraciones y testimonios fueron tantos que finalmente se investigó y se llegó a la conclusión de que se trataba del alma en pena de Marta Infante, una mujer que había fallecido un año atrás en un choque en la avenida y que correspondía a la descripción.

Esta es a grandes rasgos la leyenda urbana de la Rubia de Kennedy. Sin embargo, si usted viene a Santiago y pide que le cuenten esta leyenda, seguramente la escuchará en un pretérito imperfecto: “Ah, la rubia de Kennedy era una mujer que se ponía en la Kennedy a pedir que la llevaran, y luego desaparecía”.

¿Qué nos indica lo anterior? Esta leyenda urbana está desapareciendo, porque no se ha actualizado. Nadie ocupa el presente: “La rubia de Kennedy es una mujer que se pone en la Kennedy…” Y entonces, nadie siente ningún tipo de temor al pasar por esa autopista a altas horas de la noche.

Si al narrar mi leyenda utilizo este tiempo verbal, estaré adelantando información: esto tal vez ocurría, pero ya no ocurre. Y una leyenda no puede dejar de ocurrir, porque entonces… ¿qué me importa lo que haya pasado, si ya no me puede afectar?

Para actualizar una leyenda, la llevo al tiempo pretérito perfecto simple e idealmente a la primera persona singular. De este modo, transformamos la leyenda en un cuento de género fantástico. Es decir, en un relato con inicio, desarrollo y final, contando acerca de la vez en que, según mi experiencia, esta leyenda se hizo real. No cuento la generalidad: “dicen que todas las noches”. Cuento lo que yo sé: “Una noche, mientras me encontraba manejando por la Kennedy, vi que una mujer rubia me hacía señas…”

La leyenda se actualiza y se hace real desde la experiencia personal.

 

Cuarto apunte: Una leyenda es un eterno gerundio.

Hace no mucho tiempo publiqué mi primer libro de leyendas: “Alguien toca la puerta. Leyendas chilenas”, en la Colección El Barco de Vapor de Editorial SM. Cuando me ha tocado ir a colegios a conversar con los niños que leen el libro como parte del Plan Lector, todos quieren saber lo mismo: si es verdad o no es verdad lo que escribí.

Creo firmemente que esta duda – ¿esto ocurrió realmente o no? – nunca debe ser resuelta por el narrador o escritor. La intriga debe ser eterna, pues una leyenda debe ser eterna. Debe ser capaz de suceder de nuevo, cuantas veces haga falta.

Desde su nombre se nos aclara algo de entrada: la leyenda tiene nombre de gerundio. Es decir, está ocurriendo en este momento. No se acaba, no se puede acabar. No deja de ser curioso que el masculino de “leyenda” sería “leyendo”, como si esa historia estuviera siempre en una página abierta. Este gerundio intrínseco debe permanecer eterno: la rubia de Kennedy sigue esperando que los autos la lleven. Puedo haber narrado mi versión en formato de cuento fantástico – en pretérito perfecto simple -, pero al final el gerundio siempre se sobrepone, pues una leyenda que ya no ocurre más es una leyenda destinada a morir en el olvido.

Una leyenda debe ocurrir constantemente, repetidamente. Debe ser un eterno gerundio.

*

Quinto apunte: Narramos leyendas para mantener vivo el misterio del mundo

Podríamos, sin embargo, preguntarnos: ¿pero por qué seguir narrando leyendas en el siglo XXI? Ya nadie cree realmente en ellas, y tal vez sería mejor dejar que seres tan horribles como el Trauco (el enano que embaraza a las adolescentes en Chiloé) mueran en el olvido.

Me lo he preguntado alguna vez. ¿Por qué narro y escribo sobre leyendas? Creo que al principio lo hacía por dos razones muy simples: porque a mí me gustaban y porque me daba cuenta que, narradas así (entrando indirectamente, en primera persona, como un cuento fantástico, con finales ambiguos y abiertos) eran los relatos que, por lejos, causaban más interés al público adolescente y hasta adulto.

Luego me di cuenta de que me gustaba que la gente dudara: ¿esto es real o no? Quería decir que sí seguimos creyendo en las leyendas pese a todo, pese al imperio de la razón que se impuso desde que Descartes propuso la duda metódica, pese a las posibilidades de la ciencia de dar respuesta a todo. Pese a todo eso – o debido precisamente a eso – queremos creer en otras cosas, como hacíamos antes del imperio de la razón. En el prólogo de una excelente Antología Universal del Relato Fantástico, Jacobo Siruela incluye una lúcida cita de Hegel, quien apunta que el racionalismo hizo que el ser humano “tuviera que contentarse con agua y tierra, como un gusano, tras haber vivido siglos a la luz de una luminosa constelación de dioses y milagros”[1]. Y quizá es eso lo que extrañamos: que el mundo vuelva a ser más grande que nosotros y que nuestras respuestas.

Recuerdo que una vez conté en un bar de Santiago una de mis historias favoritas, “El diablo vino a desayunar”, donde en resumidas cuentas narro un encuentro con el diablo, quien termina llevándose a mi amigo, pero no a mí porque yo fui respetuoso. Era primera vez que contaba esa historia, para un público completamente adulto. Una amiga de Nicole (estudiante de Medicina, de unos 25 años) se me acercó al final de la función, me felicitó, y luego me preguntó muy seria: ¿y a tu amigo nunca lo volviste a ver?

Esas ganas de creer son lo que me llamó la atención de las leyendas. Queremos creer porque necesitamos que haya misterio en el mundo, y la leyenda (el cuento fantástico en general) permite atravesar otras fronteras de nuestro entendimiento, que no tienen que ver ya con la razón sino con algo mucho más profundo y metafísico: nuestra raíz. La leyenda siempre es una construcción colectiva que refleja el ser de una comunidad, de una ciudad, de un país. Pero si se deja de creer en ella, desaparece en el olvido. Los narradores combatimos el olvido con la palabra. Nos compete – así como compete a los arquitectos y obreros que no se caiga un puente – que nuestro patrimonio no se olvide. Es nuestra responsabilidad. Pero nos enfrentamos a públicos distintos de los de hace cuarenta, setenta, cien, doscientos años. Necesitamos traer la leyenda de regreso, pero actualizada: viva.

*

Para finalizar, sólo quiero agregar algo a la historia de aquella noche en la selva de Misiones, cuando nos pasamos horas contando leyendas, historias de fantasmas y de aparecidos. Aunque éramos todos adultos, aunque sabíamos que mucho o todo de lo que contábamos probablemente no fuera cierto – porque somos seres racionales, porque aquello no tenía explicación -, yo puedo dar fe de que, a eso de las cinco de la mañana, mientras dormíamos, escuché a un integrante de la comitiva despertando a la encargada que nos acompañaba para que, por favor, le acompañara hasta el baño que estaba afuera de la casa, en medio de la selva misionera.

[1] Varios autores. Antología Universal del Relato Fantástico. Editorial Atalanta, 2013.

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